Rosa Carmen Moreno Bolaños

Rosa Carmen Moreno, 76 años, Barranco Hondo. De su abuela heredó el don de sanar con plantas; de la vida, la fuerza para florecer en tierra árida. Su jardín es su farmacia. FOTO: CRÓNICAS ARTEVIRGUA

LA RESILIENCIA HECHA CARNE ENTRE BARRANCOS Y TOMATEROS

El aire del barranco debe tener cierto secreto para conservar la longevidad porque Rosa luce espléndida en cualquier momento del día y del año. Desprende una vitalidad elevada, una dosis de optimismo tan firme que su existencia parece una celebración festiva permanente, a veces bulliciosa, a veces silenciosa. Su historia vital está llena de amarguras que ha sabido hacer suyas, masticarlas y escupirlas con la dignidad de quien nunca se dejó achicar.

Estamos en La Lajilla, Barranco Hondo. La casa cueva de Rosa Moreno Bolaños atestigua su nacimiento en 1949, el hogar donde Juana y Pedro, sus padres, dieron cobijo a sus seis hijas.

“Pues mi niñez o mi infancia fue muy pobre, muy necesitada de muchas cosas, hasta que pudimos ir dando pasitos. Íbamos, colaborábamos con la gente, ayudábamos a trabajar en las tierras y a cambio nos daban papas y comida para los animales, porque nosotros no teníamos dónde plantar, así, hasta que fuimos creciendo ya nos fuimos buscando la vida”.

Mientras Rosa rememora sus primeros años, su voz no tiembla, pero yo siento un nudo en la garganta que intento disimular. Me describe una infancia “dura», pero esa palabra se queda corta para lo que realmente vivieron. Rosa es una sobreviviente.

“Vivíamos aquí de lo que nos daba la gente y de lo que mi padre más o menos traía a casa, porque el sueldo era lo mínimo. Trabajaba en las galerías, ahí en los pozos, pero era muy poco el sueldo para seis hijas”.

“No teníamos más que la casa, entonces mi madre tenía una cabrita, una gallina, un becerrito y teníamos que ir a ayudar a las personas, a los vecinos para que nos dieran pues lo típico, la comida de los animales, las papitas. Ya te hiciste un poquito más grande, tenías que ir detrás de la gente cuando cogían las papas. Como eras pequeña te tocaba coger las de atrás, las pequeñas y las picadas. Por ejemplo, las picadas, hoy se le echan a las cabras o las tiran. Nosotros las traíamos para comer”.

Las papas picadas que nadie quería eran el alimento de Rosa y su familia. A cambio de ayudar en la cosecha, los niños y niñas recogían los tubérculos más pequeños y dañados. El trueque era la moneda de cambio en Barranco Hondo. FOTO: CRÓNICAS ARTEVIRGUA

LAS MEMORIAS DEL HAMBRE Y TRUEQUES

Juana, la madre de Rosa, cogía las papas picadas que recibía como pago, pelaba la capa para eliminar la tierra y la herida abierta por el sacho, las tendía bajo la sombra, después las oreaba un día o dos hasta que perdían la humedad de la tierra. Luego, las guardaba para el consumo diario. Las más pequeñas, arrugadas y humildes, las reservaba para los momentos de mayor apuro. En aquella cocina, la palabra desperdicio no existía.

“¿Comida? Pues no teníamos nada que comer. Si no hacíamos un caldito de papas, gofio, poco más. Teníamos tres o cuatro gallinas para que cuando pusieran el huevo, íbamos a la tienda a cambiarlo por azúcar, café, aceite. Poco más”, relata con pausas que sucumben al dolor.

El queso era para “los apoderados”; los tunos, la comida de los pobres; los higos, un milagro estacional; los plátanos, mitos de ciudad. El menú de todos los días era gofio, sopa, gofio.

¿Y la sopita de qué era?

“Ay, mija, ni de pan porque no había pan. Le llamaban sopa de ajo, pero lo que tenía dentro no era nada, era caliente para poder escaldar el gofio”.

“Lo más que recuerdo es la pobreza y a los vecinos que tanto nos daban, que nos llamaban para darnos algo. Tenemos buenos recuerdos de la gente que había, que era muy buena con nosotros. Aquí en el campo se vivía bien, todo el mundo te conocía”.

¿O sea, en aquella época se vivía de otra manera la comunidad?

“Sí, era muy bonito porque a lo mejor la vecina te llamaba para que le hicieras una cosita y te daba una latita de papa, te daba un poquito de millo, un poquito de gofio, lo que tú no tenías, ¿sabes?, como si era la comida de la cabra”.

“Aquí venía la señora de Agaete vendiendo sardinas, las traían ya tostadas. Nosotros nunca las comíamos porque ellas las daban a cambio; y como no había dinero para darle… pues no las comíamos”.

“Yo me fui a trabajar a los almacenes con 12 años. No tenía papeles y me decía mi hermana: ‘lleva el libro de familia’. ¿Cómo voy a llevar el libro familia si dice la edad que tengo y no me cogen?, le respondí. Entonces, cuando cumplí los 14 años me aseguraron”, recuerda.

John Graham Killick, horticultor británico llegado a Gran Canaria en 1966 atraído por la efervescencia de la producción de tomate, afirmó en una entrevista publicada en www.adapacanarias.com que aunque en los años 60 y 70 la mujer grancanaria estaba socialmente destinada al ámbito doméstico, vigilada por el rigor del «qué dirán» y limitada en su formación, el auge del tomate en el sur quebró ese orden social. La intensidad de la zafra exigía manos constantes y ellas, inicialmente relegadas a tareas menores, demostraron un rigor y una destreza que forzaron el reconocimiento, asumiendo pronto posiciones de responsabilidad.

“Era realmente una satisfacción ver despertar ese talento entre esa persona que no tenía confianza en sí misma, pero se desper- taba una conciencia al talento que podía tener. Junto con esto, claro, hubo una transición social muy rápida cuando el papel de la mujer cambiaba totalmente”, afirma Killick.

Domingo Viera González, autor del libro ‘Mujeres empaquetadoras de tomate, una historia, llena de vida, lucha y esperanza’, documenta que entre 20.000 y 30.000 mujeres trabajaron como aparceras en los 150 almacenes de tomate que llegó a tener la isla.

“La riqueza que no tuve en la juventud, la tuve cuando conocí a mi marido”, dice Rosa Moreno Bolaños, natural de Barranco Hondo. El teldense Emilio Calcines bajaba caminando desde La Cumbre solo para verla los domingos. Fueron el uno para el otro. FOTO: CRÓNICAS ARTEVIRGUA

EL BÁLSAMO DEL AMOR

Cuando Rosa habla del hombre de su vida, sus ojos, su piel y toda ella se iluminan. Me atrevería a afirmar que es la mismísima personificación del amor universal, Ágape. Emilio Calcines, un chico llegado de Telde, encontró en ella una gran compañera de viaje. No me extraña. Rosa es la transparencia hecha mujer, sueño, mito, realidad, gofio espolvoreado, queso de flor, atardecer en Juncalillo.

“Emilio, el hombre de mi vida después de mi padre. De él me enamoró su dulzura, la amabilidad, lo bueno que era, cariñoso, detallista. Tenía todo lo de un hombre verdadero. Me quería hasta morir. No me faltaba nada. Fui muy feliz con él”.

Los domingos, mientras las chicas paseaban en grupo por el parque de Telde, ‘enganchadas’, como se estilaba entonces, él las seguía con sus amigos hasta que un día se armó de valor para hablarle. Comenzó así un noviazgo de dos años y medio, el primero y el último de su vida.

“Venía los domingos desde Telde hasta la Cumbre y bajaba caminando hasta Barranco Hondo. Venía tempranito, estábamos juntos, moceando, a las cinco se tenía que marchar. Ahí nos enamoramos, volvimos otra vez a Telde por la zafra y seguimos, hasta que nos casamos”.

Compraron un solar, a partir de ahí, crearon su propio mundo, trabajaron en Lanzarote, hicieron negocios, inversiones, educaron a sus dos hijas, Blanca y Sonia, luego llegaron los nietos. Para Rosa, ese matrimonio fue la compensación a una infancia de carencias: “fui una mujer muy afortunada. La riqueza que no tuve en la juventud, la tuve cuando conocí a mi marido”.

BAJAR LA MADRE

Conocí a Rosa hace años entre los caminos de Juncalillo durante una jornada de senderismo. Mientras todos miraban el suelo para no resbalar, ella miraba los bordes, husmeando cada planta, llamándola por su nombre y propiedades. En un momento dado, se detuvo, arrancó una ramita de hinojo silvestre y me la ofreció. «Huele», me dijo. Ese aroma anisado y penetrante se me clavó en la memoria. Una corazonada me decía que una puerta inesperada se abriría.

Despertó entonces en mí la urgencia de sentarme frente a ella y desentrañar los saberes que guarda para sí. Lo que Rosa me revelaría era la herencia de su abuela, también Rosa, la curandera de Barranco Hondo. Con ella aprendió a leer los malestares y a sanar con plantas del entorno.

¿Cuál fue el mayor aprendizaje que heredaste?

Primero que nada, el cariño, la amabilidad, lo que ella tenía con las personas del barrio. Era conocida porque era curandera. Hoy en día ser curandera aquí es otra cosa, pero antiguamente era la que te curaba si llegabas con dolor de tripa o de muela. Si te caías, te arreglaba la piernita o el brazo. Iba la señora a dar a luz, y mi abuela le ayudaba en el parto.

Cuando la gente se caía, se partía una pierna, o cualquier parte del cuerpo, se le decía, ‘esconchabada’ o ‘tronchada’. ‘Tronchada’ es como hacerte un esguince, que te doblas una pierna o un brazo.Y ‘partí’ es una lesión más débil.

Hacía tiras con sábanas de sacos de azúcar que venían de Cuba, que los tenía lavaditos. Con eso y las cañas, ensillaba los brazos o las piernas. Si se salía el hombro, ella lo ponía en su sitio. Curaba el mal de ojo, porque antes se creía mucho en eso, para que santiguaran a los niños. Un dolor de cabeza, el niño estaba malo, o una vaca, una cabra, lo que fuera… ella tenía remedio.

¿Cómo sabía cuándo una persona tenía mal de ojo?

Tenía la costumbre de coger un plato con agua y se mojaba el dedo del centro en la botella de aceite. Ponía tres gotas en el plato. Si el aceite desaparecía, era porque tenía mal de ojo; entonces se sentaba a rezar.

¿Y las hierbas?

Las hierbas también eran necesarias. Eran lo más conocido y lo más importante en su casa. Nosotros tenemos una tradición en mi familia de creer mucho en las hierbas antes de la medicina.

Si tenías un dolor de tripa, te curaba con pasote y ruda. El pasote sirve también si tienes colesterol o ácido úrico. La ruda, para el dolor de tripa o de barriguita. Para el dolor de riñón, te daba la ratonera con cola de caballo mezclado con llantén.

Si ibas con dolor de muela, masticabas marrubio, aunque sirve también para el colesterol, ácido úrico y esas cosas.

Si padecías de úlcera en el estómago, o cosas así, guisaba la barba de piña con la flor del ‘juso’ (flor del tuno) y la hoja de malva.

Rosa es tan ancestral como ‘bajar la madre’, esa técnica hija de la cultura popular canaria que sana la ansiedad o el estrés. Sí, estas dolencias que parecen propias de este siglo vienen de antaño; solo ha cambiado el remedio. Hoy se recetan antidepresivos, pero ayer las curanderas ya acomodaban el alma con las manos.

“Cuando estaba depresiva, lo primero era arreglarte la barriga. Es de lo más sencillo que hay. Te pones boca arriba, con las piernas inclinadas, y te das un masaje. En aquel entonces mi abuela compraba aceite de almendra amarga, porque aquí se producían muchos productos con los frutos. Te das unos masajes con las manos, de afuera para dentro hacia el ombligo, de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba. El aceite te masajea bien y te va trayendo lo que se llama la madre a su sitio. Después tú sientes el latido de eso».

«Latido». Me resuena en la cabeza esta palabra, quizás porque va unida a ‘la madre’. Un latido que sigue vivo en la memoria del campo, en las manos de las mujeres, en la sangre de las sabias. Y en Rosa.