REPORTAJE

FOTO: ÓSCAR VIZCAÍNO
Escucha este reportaje

En esta tarde de finales de invierno, la atmósfera de Juncalillo vuelve a temblar con el sonido del metal y una letanía profunda. Desde el interior de la casa cueva de Juan Cubas –el Museo Etnográfico de Barranco Hondo–, resuenan la espada, las sonajas, campanas y cascabeles. Un canto ronco lanza al aire sus versos, seguido de otras voces en respuesta. Resucita el Rancho de Ánimas en Artevirgua.
Como antaño, se para el tiempo con la música. Tenemos la complicidad del Rancho de Ánimas de Arbejales-Teror; uno de los tres que resisten al paso del tiempo en Gran Canaria. Compartiendo instrumentos, estrofas, café y ron, el grupo fusionado –entre vecinos de Juncalillo y de Arbejales– recuerda al rancho juncalillense, desaparecido hacia el año 1948.
El fenómeno de los ranchos de ánimas es una de las manifestaciones más antiguas y singulares del patrimonio etnográfico de Canarias. Su objetivo principal era recaudar limosna para celebrar las misas de los difuntos. Esta tradición religiosa y social llega hasta nuestros días contra todo pronóstico; superando el cambio de una era y conservando el aspecto musical, la lírica y la instrumentación de forma más o menos similar entre unos y otros.
“La tradición de los ranchos viene desde los primeros siglos de la colonización”, explica Francisco Suárez, historiador, profesor y Cronista Oficial de La Aldea. El investigador lleva décadas estudiando los ranchos de ánimas de Canarias; una pulsión que viene desde su bisabuelo, Luciano Afonso Suárez, ranchero mayor de la agrupación que existió en Tasarte.
El ranchero mayor –o mayordomo, como se conoce en Juncalillo– era el encargado de organizar al grupo y recaudar el dinero en cada salida. Rancho y parroquia estaban estrechamente vinculados, pero funcionaban en paralelo. “Tenían su independencia”, comenta Suárez, “actuaban en distintos sitios, recaudaban limosnas y cuando las reunían todas aparte de los gastos que ellos tenían –las copas y todo eso, tenían su relación social–, lo que sobraba se lo entregaban al cura para las misas”.
El rancho de Juncalillo estaba compuesto por diez o doce hombres, que tocaban y cantaban dispuestos en círculo en el interior de las casas, mientras que el “cantador de alante” se situaba dentro de la rueda. Recogió este dato el investigador y docente Roberto Suárez en 2014, en varias entrevistas a informantes del pueblo que conocieron de primera mano este fenómeno.
Su origen es incierto. Posiblemente la tradición procediera de la Cofradía de Ánimas de Artenara, muy cercana. Su rancho se extinguió como muchos otros antes de 1900, pero “la tradición musical animera se mantuvo en Barranco Hondo hasta mediados del siglo XX”, explica Francisco Suárez en el trabajo Los Ranchos de Ánimas en Canarias. Aspectos históricos en la cumbre y suroeste (Gran Canaria: BienMeSabe.org e Infonorte Digital, 2008). Según el investigador, quizá estos mismos hombres disgregados formaran el rancho de Juncalillo, que llegó a ser muy popular.
“En las fechas navideñas el rancho de Barranco Hondo/Juncalillo recorría los pagos de Artenara y Tejeda animando el ambiente, llegando en alguna ocasión hasta La Aldea de San Nicolás”, relata Suárez. Como rancho cumbrero, sus miembros vestían sombreros y mantas de lana, y portaban faroles para alumbrar los caminos.



El reverendo Pablo Artiles, de Guía, y una de las coplas compuestas en el rancho de ánimas de Juncalillo, custodiada por el Museo Canario.
COPLAS Y DESHECHAS SOBRE PAPEL
Los recuerdos son material en peligro de extinción. ¿El Rancho de Ánimas de Juncalillo podría desaparecer de la memoria colectiva? Afortunadamente, no solo contamos con la labor de recogida de testimonios del investigador de Teror, Roberto Suárez, sino con un tesoro muy valioso sobre la poética del rancho juncalillense: la recopilación del reverendo Pablo Artiles Rodríguez (1906-1983), amante de las tradiciones canarias, al que hace alusión el investigador Maximiano Trapero en su obra Los ranchos de Ánimas y de Pascua: la más singular manifestación poético-musical de Canarias (Islas Canarias: Ediciones Idea, 2020).
Durante años, el sacerdote y profesor nacido en Guía se dedicó a mecanografiar las letras de canciones de ranchos de ánimas en Gran Canaria. Para algunas de ellas se valió del dictado de un tal José Ramírez Linares, procedente de Sardina del Sur, en Santa Lucía de Tirajana. Pero un documento clave de la colección de Artiles es el que encabeza Antonio Gómez Mederos, quien fuera integrante del Rancho de Ánimas de Juncalillo.
‘El Eco de Canarias’ publicaba el 15 de noviembre de 1977 un artículo titulado «Juncalillo. Recordando a su Rancho de Ánimas». “No hace mucho que nos hemos enterado de que también este pago cumbrero de Juncalillo contó, hasta aproximadamente el año cuarenta de este siglo, con su Rancho de Ánimas”, arranca el periódico. Quiso rendir homenaje en el primer aniversario de su fallecimiento a Gómez Mederos, “uno de los principales compositores” de este rancho. Apenas dos semanas más tarde, su hija Consuelo Gómez presentaba el compendio que hoy atesora el Museo Canario, adscrito a la colección del reverendo Pablo Artiles. El título es Coplas del Rancho de Ánimas de la Parroquia de Santo Domingo de Guzmán de Juncalillo.

FOTOS: ROBERTO SUÁREZ
Las coplas de este librillo versan sobre temas navideños, de Pascua y vidas de santos. Incluye una muy bella,
titulada ‘Recordando’, compuesta por el propio Antonio Gómez, que comienza con los versos “Ánimas del Purgatorio, no olviden a Juncalillo”.
¿Pero cómo nacían esas letras? “En los ranchos lo más importante era la creatividad”, aclara Francisco Suárez refiriéndose a la labor del cantador de alante, “son estrofas improvisadas, eso es lo más bonito. Aunque también cogían pasajes de la Biblia”.
El vínculo entre el rancho y los oficios de esta iglesia fue estrecho. Un inventario parroquial de 1930 –rescatado por Roberto Suárez– da cuenta del cuadro de ánimas que exhibe en su interior y de la donación del terreno llamado “Huerto de Ánimas”.

FOTO: CORTESÍA DE PIOTR DREZINSKI
El pueblo de Juncalillo es conocido por su gran devoción católica. Este pago, antaño muy populoso y que hoy cuenta con apenas 200 habitantes, dio a luz a casi medio centenar de sacerdotes y monjas. Las creencias y la religiosidad popular llevan consigo una fuerte tradición animera. Aún se cuentan historias en Barranco Hondo sobre experiencias de apariciones de espíritus en este pago, siempre buscando ayuda para seguir adelante.
En las coplas y deshechas del Rancho de Ánimas de Juncalillo hubo espacio también para temas menos lúgubres, e incluso románticos. Teresa Mederos Quintana, hermana del último mayordomo de este rancho –Pancho Mederos–, sacó a la luz una copla amorosa que el grupo cantaba: “estos dos pichones / se están arrullando, / la paja del nido / la están ajuntando”. Recogió este testimonio y otros más el investigador Roberto Suárez, en su tesis doctoral Ranchos de Ánimas y Pascuas de Canarias: análisis de experiencias didácticas, clasificación y transcripción musical (Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, 2016).
El huerto de las ánimas
“Existe todavía, que está parado porque nadie planta, un huerto que se llama el huerto de las ánimas, arriba en Juncalillo”, cuenta Juan Cubas, exalcalde pedáneo, “hasta la vecindad se regaba con el agua del barranco”.
Roberto Suárez encontró en el archivo de la Parroquia de Santo Domingo de Guzmán el documento manuscrito que recoge la donación de “un trozo de terreno donde dicen Los Cabucos, que mide un cuartillo aproximadamente”. Ya a principios de los años treinta, esta parcela servía a su función para el párroco, que la arrendaba a su vez para obtener el rendimiento. “Lo que diera ese huerto era para aplicar misa a las ánimas”, añade Cubas.
“Fue donado a esta Iglesia por D. Juan Cristóbal Pérez, a condición de que su producto se invirtiera en sufragios de las Ánimas y en particular de la suya, y Dña. María Juliana, su esposa”, reza el inventario parroquial. Aunque el documento data de 1930, la donación tuvo lugar antes de esta fecha. Explica que “está arrendado a Dña. Guadalupe Perera, por la cantidad de quince ptas. anuales”, y que se riega “con el agua del barranco según usos y costumbres”. Las ganancias de este terreno, dedicadas a las misas de difuntos, evidencian la potente tradición animera de Juncalillo en aquel entonces.


Foto: CRÓNICAS ARTEVIRGUA
SONAJAS, CASCABELES Y CAMPANILLAS
Continúa el temblor en el corazón de Barranco Hondo, donde el Rancho de Ánimas de Juncalillo parece resucitar gracias a sus compañeros de Arbejales. Es una cadencia ferrosa, que conduce al trance. “Tradicionalmente se considera que el sonido metálico espanta a los malos espíritus”, explica Roberto Suárez. Así inundan el aire las sonajas, cascabeles y campanillas de los panderos.
Teresa Mederos recordaba ver, teniendo quince años, el Rancho de Ánimas de Juncalillo con sus guitarras, un triángulo, panderos, castañuelas y un hierro que su hermano Pancho percutía con una varilla metálica –posiblemente una espada–. Francisco Suárez escribe que al desaparecer el rancho de Tasarte (hacia 1925), su espada y triángulo “se vendieron” al “rancho de Barranco Hondo/Juncalillo”. Rosario Moreno coincidió con Mederos en que el “cantador de alante” –de nombre Juan Jesús–, hacía retumbar también un gran bastón, aunque quizá fuera algo circunstancial, por alguna cojera.
“Si se moría una persona, invitaban al Rancho de Ánimas para que cantara unas coplas en las casas”, recuerda Juan Cubas, “y les daban la cena”. Vinculada a esta costumbre tenía lugar la ceremonia del paño, que nos muestra el Rancho de Arbejales- Teror cantando las emotivas ‘Copla y Deshecha de la Cena’.

Cuatro niñas o jóvenes –a modo de “ritual de purificación” – ejemplificaban la comunión que suponía la cena ofrecida por la familia, al tiempo que, como “ritual de transición”, simbolizaban el paso de la muerte a la vida. La ceremonia implicaba la presentación en sociedad de las jóvenes casaderas, según explica el investigador Óscar Vizcaíno en el libro colectivo Rancho de Ánimas de Arbejales-Teror. Guardianes de una tradición centenaria (Las Palmas de Gran Canaria: Anroart Ediciones, 2008).
Siguiendo las indicaciones del ranchero, entramos al círculo –me toca ser una de las cuatro doncellas–; doblamos las esquinas del paño, guiadas por los versos, y salimos de la rueda. Sigue vibrando la cadencia metálica en el aire.
¿Dónde están los instrumentos del Rancho de Ánimas de Juncalillo? Es un misterio. Se utilizaron por última vez en un belén viviente antes de 1950, explica Cubas. “Nosotros, niños de 8 o 10 años, trajimos los instrumentos de casa de un tal Pancho Mederos, el último componente que quedó”, para después devolverlos a esa casa. “Los llevaban ellos, pero eran de la parroquia”, agrega. Actualmente se desconoce su paradero.
La letanía va menguando y se disipa el canto de la espada. Brindamos en recuerdo del Rancho de Ánimas de Juncalillo, que hoy resucita. “Dicen que es un fósil etnográfico –Roberto Suárez cita este término, acuñado por Vizcaíno– y que no se entiende mucho que haya permanecido hasta nuestros días”. Sin embargo, en el corazón de esta cueva y embriagada con la música que vibra en mi pecho, se me antoja una manera valiente de cantar a la muerte y celebrar la vida.



