Eulogia Edelmira Hernández Vega (Mirita)

PERSONAJE DESTACADO

Mirita Hernández posa para CRÓNICAS ARTEVIRGUA desde el sendero de entrada a su casa-cueva en Barranco Hondo; un alpendre de principios del siglo XX reconvertido en hogar junto a su marido y sus hijos. FOTO:CRÓNICAS ARTEVIRGUA

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EL AFECTO EXTENDIDO ENTRE BARRANCO HONDO, GUÍA Y LAS HUESAS

Me gusta mucho cómo Mirita utiliza la palabra sol en diminutivo, para decir que tal persona es un “solito”. La condición del astro rey se me antoja casi un título honorífico otorgado por ella. Porque esta dulzura no entiende de nubarrones. Me obsequia con su agüita de romero y hierbahuerto para darme la bienvenida a su casa cueva en el corazón de Barranco Hondo.

A Eulogia Edelmira Hernández Vega se la conoce desde siempre como Mirita. Se crió entre La Atalaya de Guía y Barranco Hondo, en donde rehabilitó junto a su marido una vivienda excepcional horadada en la montaña. Sus estancias amplias han sido testigo de valiosos momentos entre familia y amistades. Cuelgan de las paredes los tesoros de varias generaciones; cada uno con una historia que contar. Aquí me recibe con un cálido abrazo.

Su niñez fue duramente interrumpida por la temprana muerte de su madre a causa de una enfermedad, dejando atrás a Ovidia, con once años, a Mirita, con nueve, y al pequeño Antonio, con apenas tres. En el transcurso de toda una vida, este acontecimiento continúa siendo para ella un punto y aparte trascendental.

“¿Lo que más me marcó? La pérdida de mi madre. Todavía es y siempre será mi madre. Me marcó mucho”, declara muy emocionada.

Con 80 años, su relato vital surge de las propias montañas. La familia paterna de Mirita es oriunda de la tierra de Juncalillo, mientras que su madre nació en la cueva número cinco de Risco Caído. Este dato tan exacto da cuenta de un recuerdo muy poderoso en el yacimiento arqueológico de Artenara. Su familia regresó a su raíz en una visita acompañada por Julio Cuenca, historiador, arqueólogo e investigador; uno
de los responsables del hallazgo que en 1996 sorprendió al mundo entero: el conjunto de cuevas con la gran cúpula troglodita y su calendario solilunar.

“Ay, sí, me emocioné mucho. He ido dos veces después de todo lo que ha habido. Antes iba, pero nunca me acercaba al Risco Caído porque tenía miedo”, manifiesta, porque Mirita conoce bien lo que es la caída de una piedra, por pequeña que sea, desde lo alto de un risco.

A Mirita le gusta decorar su hogar con las fotografías de su familia; tanto de su madre y de la familia que ya partió, como de sus hijos y nietas. Siempre se emociona cuando las contempla y las sostiene con cuidado, como un auténtico tesoro. FOTO: CRÓNICAS ARTEVIRGUA.

UN HOGAR DONDE SE COMPARTE LO QUE HAY

En Barranco Hondo conoció Mirita a su marido, José González Ramos. Fundaron una familia que construyó su propio hogar en Las Huesas, Telde. Desde este enclave, educaron siempre en el amor, el respeto y la importancia de acompañarse siempre, en los momentos complicados, pero también en los más felices.

Quizá la ausencia de su madre fue lo que generó una cercanía tan estrecha entre Mirita y el resto de su familia, tanto materna como paterna. Desde hace años, mantienen la costumbre de reunirse semanalmente, en honor a quienes están y a quienes ya partieron.

“La tradición de los lunes tiene que ver con mi tía Lucrecia, que vivía con una hija en Las Huesas. Siempre íbamos a verla y nos tomábamos el café, a cualquier hora. Y ahora hemos seguido después que mi tía murió, hace ya veintiún años. Todos los lunes a la tarde nos tomamos el café en casa de cada una de las hijas”, cuenta, divertida.

Puerta con puerta, linda esta casa-cueva con la de Juan Cubas: el guardián de la memoria de Juncalillo y propietario del museo etnográfico que lleva su nombre. Siempre que Mirita sube a Barranco Hondo, cocina también para su vecino, al que llama cariñosamente Juanito. Pelamos juntas las papas –porque una nunca pasa de ser invitada a amiga si no se arremanga– hasta que llega a la cueva Piotr Drezinski para tomar las fotografías de la anfitriona.

Un valor importante que Mirita y José transmitieron a su descendencia es la atención y compañía a quienes lo necesitan. Mientras conversamos, mira con cierto nerviosismo hacia la cámara. Juan suele almorzar temprano, me cuenta. A su alrededor, una de sus hijas y su yerno dejan espacio a la protagonista. La familia se muestra agradecida, mientras que Mirita se confiesa expectante por la opinión de sus nietas respecto a esta entrevista. Como abuela, tiene a quien parecerse. “Mi abuela materna era una maravilla”, reconoce, “es como si tuviera a su hija en sus nietas y en sus nietos”.

LA CHICA DEL CABLE

Una etapa única en la vida de Mirita sucede con la instalación del primer teléfono municipal de Barranco Hondo en la casa de su familia.

«Nosotras, mi hermana o yo, siempre estábamos pendientes. Si me decían un mensaje, un recadito que dar, lo que sea, yo no podía dormir sin darlo, y yo siempre me desplazaba a sus casas, incluso cuando llovía mucho”, asegura ella.

 

Según recoge Rafael Pérez, catedrático en la Escuela de Ingeniería de Telecomunicación y Electrónica de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, en su tesis doctoral Los orígenes de las telecomunicaciones en Canarias (1880-1936), el teléfono “llegó a Canarias relativamente pronto” (op. cit. p. 110), en comparación con el resto del territorio nacional.

Este trabajo historiográfico cuenta cómo la burguesía comercial quiso subirse al barco de esta tecnología puntera para facilitar sus intereses económicos, con una instalación “necesariamente local” porque las posibilidades de la época “hacían impensable un enlace con la Península”.

El investigador señala que en 1891 tuvo lugar la primera llamada telefónica en Gran Canaria. Veinte años más tarde, el servicio llegaría hasta la ciudad de Gáldar con la expansión de la Red Telefónica de Arucas, creciendo en número de abonados -mayormente familias adineradas y empresas boyantes-. En adelante, a partir de los años cincuenta, aparecerían los primeros teléfonos en las tiendas y locales sociales de los Altos de Gáldar.

Mirita recuerda como una gran responsabilidad la atención a este teléfono municipal instalado en la casa de su padre. “Tenías que estar con constancia”, admite, porque esta obligación se extendía no solo a su padre, sino a ella misma y a sus hermanos. Aquel gran aparato de color marrón, que puso su casa en el epicentro de las comunicaciones de Barranco Hondo con el exterior, pasó después a la tienda de Manolito Jorge, marcando un antes y un después para la población juncalillense.

A partir de ese momento comenzaron a proliferar los teléfonos públicos en las tiendas de Juncalillo. Cualquier persona podía acercarse a llamar si lo necesitaba desde estos puntos de reunión claves para la comunidad. “Todos los demás ahora tenemos móvil; eso ya es otro camino, pero ése fue el camino pasado”, recuerda con nostalgia. La propia Mirita utiliza su smartphone para hablar por whatsapp con su familia y amistades. Su vida ha sido testigo de toda una transformación tecnológica en el medio rural grancanario.

Alrededor de su vivienda, Mirita aprovecha la abundancia del entorno para hacer infusiones naturales con romero, hierbahuerto y otras plantas medicinales. Conoce sus beneficios y disfruta preparando estas tisanas en la cocina de su casa. FOTO: CRÓNICAS ARTEVIRGUA

HONESTIDAD, CONEXIÓN
Y PERSPECTIVA EN LA VIDA

¿Cuáles son los valores que usted ha querido transmitir?
Los valores más especiales son el amor -eso, que no falte nunca-, la paz y la salud. Y también los principios que se han inculcado.

Usted se define como una persona muy espiritual. ¿Cómo lo vive?
Eso se vive muy lindo, porque tú tienes que ser tan transparente y muy especial para poder transmitir eso. Que no haya falsedades en tu corazón y en lo que tú digas, la palabra. Y si se puede, no ofender con la palabra.

¿Usted cree que vivir en este sitio tan privilegiado y con este paisaje hace ser a la gente de una forma concreta?
Bueno, yo creo que en una parte la persona siempre va a ser según sus raíces, y en sus cosas va a traer siempre algo de lo de atrás.

¿De qué se siente usted más orgullosa en la vida?
De lo que me siento muy orgullosa es de tener a mis hijos; de estar con mi marido, de ayudarle en sus momentos tan difíciles. Lo pasó muy mal y le ayudé en todo lo que pude siempre. De eso sí que estoy contenta: de haber hecho el bien.

UN REFERENTE DE CUIDADO MUTUO

Crecer sin su madre no le ha impedido ser un ejemplo de cariño dentro de su propia familia. En ella, los lazos entre generaciones son fuertes. Desde las más jóvenes hasta los mayores, se atiende a quienes están cerca sin esperar nada a cambio.

Estos cuidados tan trascendentales para sostener la comunidad siguen en pie, como sucede en el caso de Juan Cubas. Uno tiene las llaves de la casa vecina; otra llama por teléfono cada mañana y otro más pasa a hacer la visita diaria, regalando atención y compañía.

 

EL SUEÑO DE SER MAESTRA

En el Juncalillo de los años cincuenta, muchos niños y niñas dejaban la escuela para ayudar en las labores agrícolas, del hogar o cuidando a otros miembros de la familia. Mirita estudió la enseñanza básica hasta los 14 años, entre el colegio de Barranco Hondo y la escuela de La Atalaya de Guía, residiendo durante estos periodos en las distintas casas familiares.

De esta época han quedado grabados en su memoria los nombres de profesoras destacadas: doña Ana, doña Dolores, doña Milagrosa, y en especial, doña Catalina. Estas mujeres inspiradoras se convirtieron en sus referentes, incluso más allá del periodo escolar, y prendieron en ella el deseo de ser maestra.

Pregunto con curiosidad a Mirita si hay algo que le hubiera gustado hacer en la vida y que no ha hecho. “Sí. De estudiar, por ejemplo, lo único que me habría gustado era ser maestra. No como profesora acá ni allá, sino maestra, como era antiguamente: de esas maestras lindas, que acoge a esos alumnos, les enseña, les da la clase, hablan… Y parece que les daba amor, los ayudaba a caminar. Eso es lo que me gusta a mí”.

Mirita explica con orgullo cómo una de sus profesoras se convirtió en una gran amiga de la familia gracias a ella. Describe a doña Catalina como una maestra “muy guay” en La Atalaya, en plena década de los cincuenta. En el colegio, la profesora consultó si sabía de alguien que tuviera una máquina de coser disponible. Mirita enseguida la puso en contacto con su tía Sayo y forjaron una amistad que duró toda la vida.

“Ahí se quedó doña Catalina con todas nosotras para siempre, porque llegué a ir a la casa de ella a Teror con mi tía Carmela, y me acuerdo de ella. Creo que tenía una hija, más o menos como yo, que se llamaba Ana Teresa. Me acuerdo mucho de ella”, cuenta. Sin duda, estas casualidades de la vida regalan momentos únicos y podría decirse que a Mirita le marcó mucho el carácter de su maestra.

Comenzaba hoy esta entrevista con un cálido recibimiento en el corazón de la cueva de Mirita. Desprende alegría y un aura de paz que contagia de inmediato a su alrededor. En estas semanas frías de la entrada de año no había podido subir a Barranco Hondo. Al fin respira este aire sanador, mientras el sol de invierno va calentando la brisa mañanera. La ventana de su cocina es todo un marco al paisaje troglodita de Risco Caído, origen y telón de fondo de la familia Hernández González.

Nuestra conversación también le ha permitido recordar con mucho cariño a la extensa familia de su marido José, que tuvo diez hermanos. Cuenta, emocionada, el afecto que tiene con todos ellos, incluyendo a sus cuñados y cuñadas. Han construido un gran hogar desde Barranco Hondo hasta el barrio teldense, sin olvidar su raíz.

Mirita enfoca el horizonte del año 2026 con ilusión y optimismo. “Yo espero que Dios y la Virgen Santísima nos den salud, que es lo más importante, que sigamos todos ahí unidos y llenos de amor para poder afrontar tantas cosas que sin querer llegan”, afirma sin dudar, “yo siempre pienso ‘todo va a estar bien siempre’”.