PERSONAJE DESTACADO

Salvadorito Nemen Hagmet huía del objetivo de las cámaras y prefería estar siempre detrás, tomando la fotografía. Por eso su familia conserva esta foto como un tesoro; es el señor enchaquetado que posa en el centro de la imagen junto a su mujer, Mariquita. A la izquierda está su nuera Pepita y a la derecha Eduardo, el segundo de sus hijos. FOTO: ARCHIVO DE LA FAMILIA NEMEN MACÍAS
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DE IBRAHIM A SALVADORITO. DE PALESTINO A JUNCALILLENSE

Hablar de alguien que ya no está es un asunto muy complejo. En especial, es así porque tendemos a rectificar la figura de nuestros seres queridos tal y como nuestra memoria desea atesorarlos. Pero algo que me sorprende acerca de Salvadorito es que todos los recuerdos que lo traen de vuelta comienzan por una risa, aderezada con una muy buena historia.
¿Quién fue Ibrahim Nemen Hagmet? Por este nombre, no mucha gente conocerá a nuestro protagonista. Nació en la ciudad palestina de Kfar Kasem en 1909 y falleció a los 76 años en Juncalillo de Gáldar, en diciembre de 1986. El pueblo recuerda con el diminutivo ‘Salvadorito’ al extranjero bautizado como José Salvador siendo ya adulto; un hombre que hizo tan buenas migas en la cumbre galdense, que ahora es un personaje destacado en la memoria colectiva del barrio.
Dos de sus hijos, Eduardo e Ignacio Nemen Macías, detallan con mucha emoción el carácter de su padre con anécdotas de lo más curiosas. “Mi padre se integró de una manera tal que la gente lo quería”, explica Eduardo, el hermano mayor.
Salvador salió de Palestina a los 17 años, rumbo a nuevas oportunidades en Europa y en América. Emprendió el viaje con un paisano amigo suyo, pero al llegar a Francia, éste le robó todo el dinero que llevaba. “Y entonces mi padre se vio ahí sin nada, sin dinero, desorientado. Andando por ahí, recurrió a un árabe que vivía en Marsella”, cuenta Eduardo.
Observando la situación tan vulnerable del joven, este señor le dio trabajo para que tuviera cómo mantenerse durante unos meses. Pero también hizo algo muy importante; le nombró por primera vez la tierra que sería su futuro hogar: “mira, ¿por qué no te vas a Canarias? Mi padre no sabía ni dónde estaba”. Sin embargo, el muchacho palestino tomó el consejo y se embarcó desde la península en dirección a las islas. Así empezó la aventura de Salvadorito en el archipiélago.



Salvadorito, Mariquita y su segundo hijo, Eduardo, posan en la calle de su casa en Juncalillo. Cuando el camino alrededor del casco aún no estaba ni asfaltado, la familia ya había abierto su tienda de textiles frente a la iglesia. FOTO: ARCHIVO DE LA FAMILIA NEMEN MACÍAS
PROTAGONISTA DEL BAUTIZO DEL SIGLO
Salvadorito aprendió español a base de hablarlo. Su sentido del humor le abría todas las puertas y no faltaba a un tenderete en Juncalillo. Se convirtió en uno más. “El español lo aprendió aquí; aprendió a leer leyendo”, cuenta Eduardo, que detalla cómo este hijo adoptivo de Juncalillo comenzó a escribir de forma autodidacta en castellano.
Según explica Ignacio, su padre era fanático de la revista ‘Selecciones del Reader’s Digest’, que publicaba “artículos de todo el mundo, de historia, de geografía, de humanidades. Él siempre estaba leyendo”. Pero la inmersión cultural de Salvadorito tuvo su cumbre con el bautizo.
Ya había conocido a la joven Mariquita. María Concepción Macías López era hija de un emigrante canario retornado de Cuba, propietario de una finca de plataneras en la isla caribeña. De regreso a Gran Canaria, la familia Macías se instaló en Tenoya, donde un vendedor ambulante árabe conquistó el corazón de la joven.
¿Qué vino entonces? “Pues mi padre después tuvo que bautizarse para casarse, porque él era musulmán. Según la partida de bautizo, se bautizó en Guía, y ya más tarde se casó”, explica Eduardo.
¿Cómo se percibió esta ceremonia? “Mi padre contaba que el bautizo de él fue un espectáculo en Guía”, dice sonriendo Ignacio. Hay que imaginarlo en pleno año 1939, terminada la Guerra Civil y con el régimen del nacionalcatolicismo franquista. Sus hijos ríen al pensar en el “milagro” que esto supuso para la mentalidad de la época.
¿Qué edad tenía Salvadorito cuando entró en aquella iglesia? “Treinta años tenía cuando se bautizó”, explica Eduardo, “porque, claro, uno de los requisitos que le exigía la Iglesia, y más en aquella época, era que fuera católico. Aunque sea simbólicamente”. Los hijos de Salvadorito me enseñan un tesoro: la partida bautismal de su padre, fechada el 12 de octubre de 1939. En este día singular, el párroco Don José Rodríguez y Rodríguez, de Santa María de Guía, agregó al palestino Ibrahim el nombre cristiano de José Salvador.
¿Renunció por completo a la fe musulmana? “Él seguía rezando en árabe todas las noches. Lo oíamos y nos quedábamos un poco sorprendidos al escucharlo rezar. Pero bueno, nos habituamos a aquello y era normal para nosotros”, confiesa el hermano mayor.
A lo que no renunció Salvadorito fue a su carisma particular. Allá a donde iba, era querido por todos. Tal y como lo describen sus hijos y las personas que lo conocieron, se trataba de un hombre alegre, hablador y honesto, con la mano tendida a quien lo necesitara.
UNA FAMILIA CANARIO-PALESTINA
La historia de Salvadorito es un relato de integración. Tal y como detalla el historiador Francisco Suárez sobre los vendedores árabes en Gran Canaria a principios del siglo XX, “casi todos se casaron con canarias y se integraron completamente en la sociedad isleña como comerciantes muy honrados”.
Cuando Salvadorito se casó con Mariquita, ya llevaba unos años viviendo en Juncalillo. “Aquí tuvo tan buena relación con la gente, que se quedó a vivir con una señora, Ferminita. Tenía una casa de dos plantas que alquilaba”, recuerda Eduardo Nemen. El matrimonio tuvo cuatro hijos: Miguel, Eduardo, Ignacio y Conchi. La familia abriría una próspera tienda de textiles justo frente a la parroquia de Santo Domingo de Guzmán.
-¿Qué recuerdos tienen del trabajo de su padre?
-“Nosotros de pequeños lo acompañábamos a vender. Él quería que estudiáramos, pero en vacaciones había que ir a vender y cuidar las cabras”, responde Eduardo. Una vez en marcha el local del negocio, Salvadorito siguió combinando esta venta con la distribución a domicilio. Se echaba a andar desde temprano y se encontraba con todos sus vecinos.
“Es que la gente lo quería, lo querían muchísimo, muchísimo”, comenta emocionado su hijo; “yo me acuerdo de que nosotros íbamos a vender con él desde aquí hasta Acusa caminando, y con el fardo y la maleta. Como era un viaje bastante largo, nos quedábamos una noche en una casa. Nos daban de cenar y después nos quedábamos en un pajar con una manta para ponerla encima de la paja”.


Al lado de la iglesia de Juncalillo comparten un rato, de derecha a izquierda, Salvadorito, Cipriano Jorge Gil, Paco Melián, Pancho González (el zapatero), Carmensa, Conchi (la hija menor de Salvadorito y Mariquita) y algunas hermanas de José Melián, según cuenta la juncalillense Marisol Jorge Medina: “se sentaban a coger el sol de verano”. FOTO: CEFERINO BETANCORT CABRERA
UNA FORMA CURIOSA DE REZAR EL ROSARIO
Salvadorito es el protagonista de numerosas anécdotas que aún a día de hoy generan risas en Juncalillo. ¿A qué se debía este carisma? Quizá al equilibrio entre un carácter formal, siempre conciliador, y sus comentarios desenfadados, origen de muchas bromas del acervo popular en el pueblo.
“Donde había una fiesta, él estaba ahí, contaban con él, lo invitaban”, detalla Eduardo sobre su padre; “aquí en Palomino había unos señores terratenientes que estaban siempre los fines de semana; o ellos venían, o mi padre iba para allá. Es que no podía faltar a ninguna de las fiestas de ellos”.
Si se reían de él porque no hablaba el perfecto español, él siempre encontraba cómo intensificar las bromas. No se ofendía con facilidad y se sentía muy arraigado a su comunidad de acogida.
Una de sus historias más memorables tiene que ver con un episodio religioso. Salvadorito se acercó a un amigo suyo, Juan Antonio, preocupado porque no conocía las palabras de la oración cristiana. “Yo veo a toda la gente por la noche rezar y yo no ‘sabe’ rezar, yo no ‘sabe’”, le imita su hijo Eduardo, divertido. “Yo te enseño”, empezando por cómo persignarse: “tú cuando vayas a rezar, dices ‘Santa Cruz de Tenerife, La Palma, Gomera y Hierro’”. Así comenzó la letanía Salvadorito junto a sus vecinos. “Aquella noche no pudieron rezar”, cuenta entre risas, “anécdotas de esas hay montones”.
Estas diferencias culturales también acercaron los corazones juncalillenses a Salvadorito “el árabe”, pero en especial por su entrega. Su vecina Cristinita Jorge Medina afirma que nunca conoció a nadie tan bueno como ese hombre, tan amigo de su padre. Formaba un gran equipo junto a su mujer.
“Mariquita: una mujer maravillosa”, afirma Cristinita, “ella me veía apurada en la tienda y venía, se metía en la cocina aunque sea a fregar sin nadie decirle nada”. Sobre el respeto mutuo en la familia, asegura que “nunca se dio ese matrimonio ni una palabra más alta que otra”. Así lo vivieron también sus hijos, tal y como recuerda Eduardo: “veíamos que mi padre y mi madre se querían mucho y eso te forma en cierta medida también”.


Manifestación en Gran Canaria en apoyo a Palestina, octubre de 2025. Foto: Alejandro Ramos (Canarias Ahora, Eldiario.es)
Salvadorito nunca volvió a su país, pero sus hijos están muy conectados a la causa palestina, mantienen vivas sus raíces y han viajado varias veces a esta tierra. Participaron también del ya desaparecido Club Hispano-Árabe, de Las Palmas de Gran Canaria. Este lugar de encuentro logró la unión entre Salvadorito y su familia de Kfar Kasem, que le había perdido la pista durante años.
“A través del club ellos contactaron; no sé cómo, pero hubo un intercambio de información. Y le dijeron a mis primos que estaban en Francia, que mi padre estaba aquí, en Las Palmas de Gran Canaria”, explica Eduardo. Sin saber hablar español, atravesaron la península y se embarcaron a la isla. “En el barco encontraron a un señor que era médico palestino y les orientó”, añade. Una vez arribados, se dirigieron al Club Hispano-Árabe y averiguaron que Salvadorito se encontraba en Juncalillo.
La búsqueda se iba acercando cada vez más. “Entonces cogieron un taxi en Las Palmas y el médico los acompañó hasta Juncalillo. Éste le contó al taxista toda la historia, y le conmovió tanto que no les cobró el pasaje. Y se encontraron con mi padre. Pues fue un encuentro, imagínate…”.
Me emociona pensar en las impresiones de los primos palestinos, sorprendidos dehallar a su tío Ibrahim en los Altos de Gáldar, casado con una canaria, con un negocio próspero y completamente asentado en la comunidad. “A partir de ahí se restableció la familiaridad; el encuentro con la familia de allá que sabíamos que estaban allí, pero no los conocíamos de nada”, agrega Eduardo.
Me surge la duda de si Salvadorito hablaba sobre la guerra en Palestina. “Él creo que se dio más cuenta de lo que estaba pasando allí ya cuando se vino”, reflexiona su hijo, “porque fue madurando su visión de las cosas y veía que aquello no podía ser. Pero bueno, nosotros sí que nos hemos ocupado de leer sobre Palestina”. Hoy celebran haber podido conocer a su familia árabe; una familia encantadora y hospitalaria, siempre con las puertas abiertas.
Canarias y Palestina suman corazón en este árbol genealógico que comenzó un muchacho migrante en los años veinte. De la identidad cultural de Salvadorito Nemen Hagmet no cabe sino celebrar la mezcla; la voluntad de conocer a aquellas personas con las que compartes camino, y de provocar una risa siempre que sea posible.


