PERSONAJE DESTACADO

Rubén Pulido Godoy aprendió el oficio de piquero de la mano de Pepito el Piquero, primo de su padre y uno de los grandes maestros procedentes de Artenara. Posteriormente, afinó su técnica junto a otro gran experto, conocido como Layo, con quien trabajó durante muchos años. FOTO: CRÓNICAS ARTEVIRGUA
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PEREGRINAJE A LA MEMORIA DE JUNCALILLO

Cuando conocí a Rubén, en El Tablado, pude ponerle nombre a un sentimiento que hasta entonces no sabía definir o describir. Siento nostalgia de un pasado que no conocí. Hablar con él es como entrar en una cápsula del tiempo que te transporta a las nacientes, al sonido del agua escurriendo por las honduras de los barrancos, la chiquillería en los coles, los piqueros construyendo sus cuevas, los solapones, los bancales, el millo tendido al aire libre pintando el paisaje de ocre rojizo y oro bajo el sol canario. Su relato me lleva a una época donde la supervivencia estaba muy unida a la generosidad de la madre tierra.
Con precisión de orfebre, Rubén trae al presente aquellos veranos al fresco de la casa-cueva, y los crudos inviernos donde el barranco era como una frontera infranqueable. Hablar con él es cogerse de su mano para conocer la Canarias de la posguerra, tiempo herido por la muerte y el hambre, pero también sostenido por alegrías efímeras, valores inquebrantables y una comunidad innegable. Es en esa dualidad donde reside el origen de su triple nombre, Jesús Manuel Rubén, una inscripción dolorosa que honra la memoria de sus hermanos fallecidos prematuramente; nombres que cargan con el peso de la pérdida familiar en una época donde la mortalidad infantil era una constante.
«Mi madre crió nueve hijos, se le murieron tres pequeñitos. Pequeñitos no; una ya tenía 5 años, una niña. Y los dos niños de dos (años), porque por eso me pusieron a mí Jesús Manuel Rubén. Entre todos, éramos cinco hermanos, los vivos, y los tres pequeños (fallecidos) más una hermana. Es decir, nueve en total», detalla.
Aunque en los documentos figura como Jesús Manuel, para el mundo es y será siempre Rubén Pulido Godoy, nacido en Artenara un noviembre fresco de 1956. Su filosofía de vida refleja el temple de una generación que aprendió a sortear las épocas más oscuras sin que les hiciera mella. En su relato no caben la amargura ni el resentimiento, sino una serena aceptación de su realidad; una vida marcada a fuego por dos ausencias dolorosas que definieron su carácter; la prematura muerte de su padre y la trágica pérdida de su amigo del alma en el pinar.

“Yo ya no planto como antes, pero al menos cultivo las papitas, la lechuga y el calabacino para mi casa”. Rubén Pulido mantiene viva en pequeña escala, la tradición agrícola que durante generaciones alimentó a Juncalillo. FOTO: CRÓNICAS ARTEVIRGUA
CERRAR LOS LIBROS, ABRIR LA TIERRA
Contrario a los demás niños de su época, cuando la escuela era una carrera a contrarreloj antes de que la zafra del tomate o el cuidado del ganado reclamaran a los niños y niñas, Rubén fue una excepción privilegiada. Lo más común era que los pequeños abandonaran las aulas a los doce años, sin embargo él completó los ocho cursos con un brillo que hizo soñar a sus maestros con un futuro académico.
Los profesores veían en él un candidato nato para el bachillerato en Santa María de Guía. Su padre, Juan Manuel, un hombre al que nueve años de guerra le dejaron secuelas que derivaron en una depresión severa, alimentaba esa esperanza.
«Y entonces mi padre, que en paz descanse decía: cónchale, ya que no le podemos dar (los estudios) a los chiquillos por culpa de los malditos trabajos, vamos a ver si podemos darle a Rubén y a Crucita, que es la única hermana que tengo. Pero la vida te dice una cosa y después es otra”.
Cuando Rubén cumplió los 15 años, con las maletas casi hechas para marchar a estudiar, la muerte irrumpió en la casa. Juan Manuel falleció a los 52 años, dejando tras de sí el tremendo vacío de un padre y una viudedad desamparada.
“Y entonces, ¿qué pasó? Que ya tuve que ser el padre de familia de mi hermana y mi madre, porque mi madre cobraba nada más que 3000 pesetas, que era la época de Franco. Con eso no se vivía, aunque aquí gracias a Dios teníamos la ventaja que hay buena labranza. Trabajosa, pero buena labranza, porque esta tierra es muy agradecida. Lo que tú le pongas, da”.
Así, siendo un muchacho de 16 años, Rubén cambió los libros por el pico y la pala, realizando trabajitos como piquero e incorporándose en el ICONA (Instituto Nacional para la Conservación de la Naturaleza) para plantar, cuadrilla tras cuadrilla, los inmensos pinares que hoy coronan la cumbre de Gran Canaria.


NOSTALGIA DEL PAISAJE EN UN TERRITORIO FRÁGIL QUE SE DERRUMBA

Rubén Pulido aprendió a leer a ojo las tocas para construir cuevas guiado por los mejores maestros. Por eso, hoy le duele verlas abandonadas. Esas paredes de piedra seca vencidas por el viento y la lluvia le provocan tanta pena que me hace sentir impotente. Este paisaje cultural, construido con sudor por sus ancestros para sobrevivir, hoy sucumbe ante la hostilidad del paso del tiempo y la ausencia de aquellas bestias y mulos que mantenían los caminos.
Las cada vez más frecuentes alertas meteorológicas han acelerado el colapso. Tras largas sequías, llega la lluvia, el suelo se satura y cede arrastrando muros y propiedades. “Si mi abuelo o mi padre vieran esto…”, lamenta Rubén, recordando la titánica lucha por domar la montaña. Ver caer aquellos huertos, fruto de tanto esfuerzo y privación, resulta desgarrador para quien vivió de esa tierra y ahora solo contempla su ruina callada.


En el Juncalillo de antaño, “los burros eran los brazos, los hombros y los pies de las familias”, compañeros inteligentes con los que se compartía el trabajo e incluso las bromas. Esta imagen evoca una época de simbiosis entre el hombre y la naturaleza, una relación sustentada en el respeto, la convivencia diaria, junto a una conexión emocional que hoy, con los campos abandonados y sin burros, Rubén extraña como parte de su identidad, así como de la memoria colectiva. COMPOSICIÓN: CRÓNICAS ARTEVIRGUA
PLATERO, EL BURRO QUE MURIÓ CANTANDO EN JUNCALILLO
Esta historia no va del Platero andaluz pequeño, peludo y suave de Juan Ramón Jiménez. Esta historia va de otro Platero, de carne y hueso, nacido entre los bancales de Juncalillo, bajo el mismo sol canario que abrasa la tosca. Este episodio es un retrato fiel de la vida extinguida en los campos.
Los burros y mulos eran parte del paisaje rural. Como describe Rubén, eran “los brazos, los hombros y los pies” de la gente. Bestias expertas, amañadas para los senderos verticales y los barrancos traicioneros, que cargaban a lomos el sustento de las familias, liberando a sus dueños de la esclavitud del saco a la espalda.
“Muchos de los agricultores tenían sus burros, sus mulos. Y no se pasaba trabajo por eso, porque había buenos caminos, que se arreglaban para que se adaptaran a las bestias. Y las bestias eran muy bien amañadas para estos caminos; eran bestias criadas aquí, por eso no se pasaba trabajo; muy poca papa se sacaba al hombro. Se sacaban a lomos de bestias, de mulos especializados para eso. Eso es lo que había aquí. Pero eso ha desaparecido. Eso ya no existe. Aquí no queda ni un burro. En mi casa se crió un burro, un caballo y un mulo. Del mulo me acuerdo poco, pero del burro, sí. Platero”, rememora Rubén.
El Platero juncalillense fue criado desde potro por la familia. El animal poseía una inteligencia casi humana, capaz de entender órdenes complejas y de participar en las bromas cotidianas del hogar, negándose a trabajar con un movimiento de cabeza que Rubén atribuía a las molestas moscas o a la pereza fingida.
“Él araba, él hacía de todo; bueno, no le faltaba sino hablar. Y cuando uno quería hacer alguna cosa, aquello era un cuento de risa: ‘¡Vamos, Platero, que vamos a…!’, y él hacía: ‘Ahora, un rato’, moviendo la cabeza. Yo le decía a mi madre: ‘Eso lo hace porque al burro le están picando las moscas’. Y ella me decía: ‘¿Qué dices tú? ¡Si ahora no hay moscas! Mira a ver…’. ¡Vamos, Platero, vamos a arar hoy! Los burros son muy listos”, cuenta Rubén muerto de risa.
Los burros rebuznan para comunicarse, dice la ciencia. No creo haber escuchado de alguna creencia antigua sobre la muerte del animal con una despedida musical. Pero la experiencia personal validada por Rubén, dice que los burros tienen una partida triunfal.
“Los burros tienen una muerte muy feliz. Cuando el burro se va a morir, por lo menos el mío fue así, estuvo toda la mañana cantando. Y aquí otro vecino también tenía uno. Vi al burro de allá para acá cantando, pero a grito. Y llegó al barranco, cayó para un lado y se murió”.
“Al mío lo teníamos aquí en una gañanía que está por el barranco. Yo llegué por la mañana y el burro, cantando. Digo, ¿qué le pasa al burro? Fui para allá al frente y cuando regresé estaba tieso, muerto. Para que tu veas, cantando se murió. Se despiden cantando. Yo no sé si a todo el mundo le ha pasado, pero yo lo he visto dos veces. ¡Coño, me encanta!. A mi también me gustaría morir cantando. Es una muerte feliz”.
“Tengo la ventaja de que me acuerdo más de lo que hice hace 40 años que de lo que hice ayer”, confiesa Rubén, atribuyendo esta claridad mental a una vida disfrutada intensamente, sobre todo, compartida. Su mente es un legajo de historias que no comenzaron con él, sino que vienen de atrás, de un abuelo que le narraba hazañas de tatarabuelos, remontándose casi cuatrocientos años, hasta los tiempos de la Conquista. Aquella sociedad rural, aunque carente de recursos materiales, poseía una riqueza espiritual inmensa basada en la tertulia. Rubén recuerda con nostalgia aquellos patios canarios donde al caer la tarde, cuando el ganado estaba recogido y la faena terminada, la familia y los vecinos se reunían en bancos de madera bajo el cielo del atardecer. Echándose un trago de ron, se entretejía la red de contención emocional de las familias y de la comunidad. No se hablaba solo del presente; se transmitía la sabiduría de generaciones enteras. Era una cadena de transmisión donde la experiencia acumulada servía de guía y consuelo. En ese espacio de diálogo, los problemas se diluían y la carga individual se convertía en un peso compartido más ligero de llevar. Esta cultura de la palabra, tristemente extinguida, iba de la mano con la música, otro elemento de la salud mental comunitaria. El padre de Rubén, un músico prodigioso capaz de tocar cualquier instrumento de oído (guitarra, timple, bandurria o laúd) llenaba las noches de melodías que se colaban por los barrancos sin necesidad de electricidad. La música y la conversación eran inseparables; tocaban para luego hablar, hablaban para luego reír. “Cuando estás hablando, con risas y diciendo chistes, parece que aquello te da vida para seguir la vida”, dice Rubén. Esa alegría participada era el antídoto contra las tristezas cotidianas, incluso para los niños, que aprendían así a procesar las dificultades del hogar sin quedar atrapados en ellas. “Que la gente sea solidaria, optimista. A pesar de todo, tienen que tener un poco de luz porque si no, no salen adelante, pues hay mucha gente con depresión. Y eso se debe a que la gente no habla. Hay que hablar mucho. Como sea, buscar la manera de hablar con una persona, una persona que tú quieres, y con los hijos hablar mucho”.LA TRADICIÓN ORAL PARA CURAR LOS MALES DEL SIGLO XXI



