Airán Cubas Moreno

ARTEVIRGUA JOVEN

Airán Cubas Moreno se crió en lo alto de El Majadal, Juncalillo, y logró mudarse al fin al hogar que lo vio nacer después de dos décadas de estudios y trabajo en el sureste de Gran Canaria. FOTO: CRÓNICAS ARTEVIRGUA.

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ORGULLO DE UNA COMUNIDAD DE PUERTAS ABIERTAS

Para quienes vienen de otras cotas, llegar a Juncalillo es cruzar un portal hacia un entorno que se derrama y entra por los ojos y los oídos, directo al corazón.

Sin duda, las Montañas Sagradas de Gran Canaria transforman a cada criatura que se adentra en su paisaje. Pero lo más extraordinario es presenciar el fenómeno en quienes nacieron y se criaron aquí: la emoción de maravillarse. 

Así da los buenos días al pueblo que lo vio nacer Airán Cubas Moreno, de 39 años, natural de Juncalillo de Gáldar. Cruza la carretera y se detiene al borde del risco para admirar la montaña que corona Barranco Hondo: El Majadal. Son las diez de la mañana y el sol de invierno nos regala su caricia. Si entrecierro los ojos, llego a perfilar la silueta de una casa cuyos colores se integran en la ladera. Es el hogar en el que Airán se crió y al que regresó hace unos años para continuar su proyecto de vida.

“Vengo de una familia tradicional local”, ríe, “una familia que vivía de las tierras, de los animales, de hacer queso, de plantar, de sembrar, de cultivar…”. Crecer en este pago al borde de los años noventa hizo de él un niño curioso, siempre entre personas mayores.

Ya en aquella década, el éxodo de la población era muy notorio y Juncalillo ya se reconocía como un territorio vaciado. “En la zona de El Majadal, donde yo vivía, era el único niño que estaba. Todas las personas que estaban alrededor eran personas mayores; de ahí, mi vinculación con ellas”, manifiesta.

Hijo único de madre soltera, Airán habla sin tapujos sobre los prejuicios que pesaban en esa época. A su madre, quizá la maternidad le otorgó una independencia mayor que la que habría tenido si este niño risueño no hubiera llegado a su vida. Porque a muy corta edad, una meningitis infantil privó de audición a Margarita Cubas, conocida en adelante como Mari “la muda”. Pero esto no significa que no tenga voz propia, y su hijo, orgulloso, habla del sistema de comunicación único que lo conecta con su madre. Arropado por su familia y el resto del vecindario, Airán honra esta fuerza colectiva que los sacó adelante en aquellos momentos duros.

“Aquí arriba se gestiona mucho mejor el tema comunitario”, reconoce, “somos vecinos que nos conocemos, que sabemos cómo estamos. Si alguno se pone malo, o algún familiar, si enferma, si se muere… Aquí arriba el contacto es muchísimo más directo”.

 

Airán promueve la vida a un ritmo más pausado e invita a regresar a lugares naturales tan privilegiados como Juncalillo: “cada vez que viene un vecino nuevo, nosotros nos alegramos. Para nosotros es un orgullo. Nos gusta que la gente venga”. FOTO: CRÓNICAS ARTEVIRGUA.

CRECER EN PLENO PAISAJE CULTURAL

Como un tesoro, abre los álbumes de fotos en los que él es el protagonista. ¿Cómo fue crecer en Juncalillo en los noventa? De su infancia recuerda cómo participaba en el trabajo familiar: “desde hacer queso, cultivar, coger papas, plantar millo, aventar. Por ejemplo, que siempre nos esperábamos debajo de una higuera a que viniese el alisio”, recuerda con emoción.

Aunque colaborar en estas tareas podía tener su lado divertido, Airán sabía que no haría de ello su oficio. Otra pulsión ocupaba su interior: desde los 14 años, ya echaba una mano en la peluquería de una vecina. Lo cuenta con una ilusión única; el espíritu de esos principios, cuando uno sabe que ha empezado algo trascendental.

“Siempre quise ser peluquero desde que era niño. Mi parte creativa o mi forma de ver las cosas siempre vino de esos tiempos libres que yo tenía aquí arriba. Tenía todo este espacio para crear y yo en mi cabeza quitaba y ponía según me apetecía”, termina riendo.

Cultivar la imaginación es uno de los rasgos que más define a Airán a día de hoy: “yo soy un niño que creció sin teléfonos, sin apenas juguetes, porque vengo de una familia humilde”, relata, “no tenía ordenador, no tenía Play, no tenía Nintendo, ni Sega, ni nada de esas cosas que había antes”.

Aunque hoy hay muy pocos niños y niñas viviendo en el pueblo, la juventud de Juncalillo se encuentra en los lugares
de siempre, en los que se mantiene viva una convivencia entre generaciones. Sin importar el día, siempre es buen
momento para verse en la tienda.

“A nosotros, por ejemplo, si nos apetece cambiar de lugar, tomar algo, un café o lo que sea, siempre vamos a la tienda”,
afirma Airán, porque “salir de casa es ir a la tienda del pueblo. Aquí arriba muchos jóvenes nos vemos ahí aunque sea
para ver el partido de fútbol o para poder sociabilizar con el resto de personas”.

En este espacio, vecinos y vecinas coinciden con turistas y visitantes locales. Muchas familias oriundas de Juncalillo regresan los fines de semana y traen de vuelta a la infancia, que ahora crece en otros núcleos. Durante unos días, el pueblo vuelve a ser el lugar de juegos y risas que fue.

ESCUELAS RURALES EN UN PUEBLO VACIADO

Son muchas las dificultades a las que se enfrentan quienes viven en puntos aislados incluso de los cascos urbanos rurales. Uno de los grandes retos de Juncalillo ha sido mantener abiertos los colegios, frente a la progresiva despoblación.

“En el año 1997 yo faltaba mucho a clase por el tema de la lluvia. No podía ir a donde me recogía la guagua”, cuenta Airán, “tenía que bajar por el lomo de una montaña, pasando por un barranquillo, y corría el agua por el medio. Siempre tenía que llevar botas de agua. Entonces era difícil el acceso”.

 

De esta manera, Airán tuvo que dejar la escuela de Caideros, a la que asistía tras el cierre de la unitaria de Barranco Hondo. Fue escolarizado en Vecindario, mudándose a casa de su tía. Frente a la pregunta de cómo se observa este lugar desde la distancia, lo tiene claro y reconoce “veo a Juncalillo y Barranco Hondo siempre con mucho cariño. Es más, en su día yo recuerdo desear que llegaran los viernes, porque yo con catorce años cogía tres guaguas para llegar aquí arriba”.

Para él, hacer vida fuera resultó una experiencia enriquecedora, descubriendo su escala de colores -también los grises-. Emprender un negocio, mudarse, conocer el amor, el fallecimiento de sus abuelos… Siempre, con su pueblo como horizonte; un lugar al que regresar. Por eso comparte: “sobre todo lo que me motivó volverme a Juncalillo fue un cambio de vida un poco más tranquilo, más pausado, más relajado”.

Cuando regresó a vivir a Juncalillo con Pedro, su marido, comenzó a trabajar como peluquero a domicilio. “Iba a casa de todos los vecinos y eso hace que se cree un contacto más directo con ellos. Les cortas el pelo, estás un rato, hablas… Nunca pierdo la conexión”, explica Airán.

Esta pareja de dos chicos participa activamente en la vida del pueblo. ¿Quizá esto supuso un reto frente a mentes más tradicionales? Airán lo tiene claro: “yo nunca sentí rechazo en esta zona por mi condición sexual. Nunca. Desde niño, porque lo sabía desde niño. Pero sobre todo, un momento cumbre que veo como algo fabuloso fue mi regreso”.

Tras casarse con su marido, asistieron a las fiestas de Juncalillo y recibieron muchas felicitaciones. “La gente ha normalizado en el entorno el vernos a nosotros como un matrimonio. Y no solo eso, sino también a respetarnos como personas”, afirma emocionado Airán, “yo agradezco eso a mis vecinos; el que le hayan dado normalidad a lo que ya yo tenía normalizado”.

No duda en hablar en plural, orgulloso de formar parte de esta comunidad con las puertas abiertas.

Pudo expresarlo en su estreno como pregonero de las Fiestas en Honor a Nuestra Señora la Virgen de Fátima de Barranco Hondo, en mayo de 2023, y también en esta entrevista.

Surge la pregunta de qué le mueve a nivel personal, con qué causas o valores se identifica. De su reflexión nace una palabra clave: respeto. “Yo considero que algo que nos debe unir es el respeto hacia cualquier cosa: un animal, una persona, da igual, pero el respeto”, asegura, “que la gente respete y acepte a cada persona tal y como es y cómo funciona”.

A partir de los treinta, Airán se plantea una vida más tranquila aquí, con un trabajo más conectado entre su forma de ser y la energía del entorno: “a mí en Juncalillo lo que me hace feliz es levantarme y asomarme a la ventana de casa, o asomarme al patio y poder disfrutar de todo lo que hay a mi alrededor”.

Regresar al pueblo que lo vio nacer era su ilusión y la ha cumplido. Desde Juncalillo, Airán desea que la juventud crea en sí misma y vea que los sueños pueden ser posibles porque, según sostiene, “en mi experiencia ha sido favorable creer en el cambio que quería y tenerlo”.