Las escuelas rurales de Artevirgua

PINCELADAS HISTÓRICAS

Todavía a día de hoy se pueden ver los bancos y pupitres abandonados de una de las escuelas más aqntiguas de Juncalillo, en la casa de Los Artiles. FOTO: CRÓNICAS ARTEVIRGUA.

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LA GÉNESIS DE LA EDUCACIÓN EN JUNCALILLO

Retratar lo que fueron las aulas de Juncalillo pasa por levantar los pupitres del suelo, abrir las puertas desvencijadas de la clase y soplar el polvo en la pizarra. Hoy emprendemos un viaje arqueológico con tres paradas: una a finales del siglo XIX; otra en la década de 1960 y la última en los años noventa.

Es punzante ver un colegio en ruinas. Pero quizá no debamos rendirnos a la nostalgia del ayer, sino celebrar las victorias que la educación pública logró en este pago vaciado. De casi una decena de colegios y cientos de estudiantes, hoy en día solo podemos mapear en la zona al CEIP Caideros; escuela unitaria que resiste, adscrita al Colectivo de Escuelas Rurales de Gáldar, Guía y Agaete.

En torno a 1850 se comienza a atisbar la luz de la educación en Juncalillo. “La considerable población que habitaba los pagos del campo, así como su lejanía, hacen que la corporación considere indispensable la creación de una escuela en aquellos lugares”, explica el investigador galdense Domingo Oliva Tacoronte, autor de Escuelas de primeras letras de Gáldar (2025). Esta voluntad se explica también por el “interés de amortiguar los deseos de
unirse a Artenara o constituirse en ayuntamiento independiente”; un sentir expresado desde hacía ya un par de décadas.

En la segunda mitad del siglo XIX, la infancia de Juncalillo vio por primera vez cómo se abrían las puertas de una escuela. Frente a los sueldos ínfimos y la situación de miseria social, reconocida incluso por el Estado, era habitual que los maestros y maestras enviaran cartas a la administración con solicitudes urgentes: mejorar los salarios y que su lugar de residencia reuniera las condiciones mínimas de habitabilidad.

“El primer maestro de Juncalillo se llamaba don Francisco Artiles Lozano. Daba clase mañana, tarde y noche, y le pagaba la gente”, relata Juan Cubas, vecino de mayor edad de Barranco Hondo. Aunque él no lo conoció, cuenta que este maestro, nacido en Ingenio en 1857, enseñaba a niños de distintos lugares, “de Artenara, de Barranco Hondo, de arriba, en El Tablado”. Su escuela estaba ubicada en las cuevas hoy popularizadas como ‘Los Artiles’, pertenecientes a la familia del profesor.

 

En el siglo XIX, las escuelas de Juncalillo eran estancias muy pequeñas, con apenas un aula o dos para separar al alumnado entre niños y niñas. El profesorado solicitaba al Ayuntamiento de Gáldar el mobiliario necesario y demás materiales, según investigó Domingo Oliva. FOTO: CRÓNICAS ARTEVIRGUA.

Aunque era cierto que las familias costeaban la enseñanza, no todas lo hacían de la misma manera. Oliva recoge varias cartas del maestro entre 1873 y 1898, dirigidas al ayuntamiento, solicitando que se le indicara cuáles eran los “padres pudientes y pobres”, y así reseñar la cantidad que debían pagarle “según la ley”. Gracias a estas misivas, sabemos que el maestro contaba con 55 estudiantes en 1884, y recibía sus honorarios de las familias con mayor capacidad económica.

Del matrimonio entre el profesor de Ingenio y la juncalillense Catalina Rodríguez Ojeda conocemos a toda una estirpe –seis hijas y cinco hijos– de figuras destacadas en la ciencia y las letras: por ejemplo, el erudito Jenaro o los sacerdotes Matías y Pablo Artiles Rodríguez.

Pregunto al guardián de Barranco Hondo si Francisco Artiles daba clases a ambos sexos. “Niños y niñas”, contesta Cubas. “Hasta catorce y quince años, porque ya los padres los llevaban a trabajar con ellos”, explica, “todavía hay pupitres allí”.

El maestro estuvo tan implicado en la vida de Juncalillo que fue secretario de la Junta para la construcción de la Ermita de Santo Domingo. Así lo detalló el antiguo Cronista Oficial de Ingenio, Rafael Sánchez Valerón, en la revista Crónicas de Canarias en 2009, editada por la Junta de Cronistas de Canarias. Artiles dejaría atrás Juncalillo en 1905, al ser nombrado maestro en propiedad de la Escuela de Guía. En este destino falleció pocos años después, a la edad de 52.

Juncalillo vivió un antes y un después con el profesor Francisco Artiles Lozano. A partir de su ejercicio, y hasta la década de 1960, se abrirían en este pago casi una decena de escuelas diseminadas por todo el pueblo. Niños y niñas estudiaban de forma separada, excepto si el número de estudiantes era muy bajo.

¿Dónde estuvieron esos colegios? Algunos en el casco de Juncalillo, Caideros, Los Artiles, El Tablado… En Barranco Hondo se concentraron varios. El más visible, cerca de la ermita-cueva de Nuestra Señora de Fátima, es el que albergará próximamente el Centro de Interpretación de Barranco Hondo de Abajo, del Cabildo de Gran Canaria. Otro ocupó una cueva en La Poza, frente a la actual tienda de Mima. Y uno más se encontraba unos cien metros por debajo. Éste último fue “la casa de Juan Fernández Díaz, que la ofreció con ese destino”, explica Domingo Oliva, por “un precio de 150 pesetas”.

“¿A usted le gustaba ir al colegio?”, pregunto a Juan Cubas. “Sí, sí, ¡cómo no! Yo iba al molino o donde quiera que tuviéramos que ir temprano, para después ir a clase”. Iba a aprender por la mañana y por la tarde “en el colegio de allá, de doña Martina”. Esta maestra que recuerda con tanto cariño, Martina Rodríguez Pérez, “tomó posesión el 8 de enero de 1936 como interina” y “cesó el 31 de agosto de 1953”, según informan los trabajos del investigador galdense.

 “¡Pasaba más hambre que un maestro de escuela!”. Desafortunadamente para el profesorado en Juncalillo, esta expresión popular fue muy certera a finales del siglo XIX y principios del XX. En este pago, maestros y maestras debían adaptarse a vivir en los propios colegios en los que daban clase. Las instalaciones eran muy precarias, en el caso de que tuvieran una habitación acondicionada, y la asignación para la renta era mínima.

 

Marisol Jorge Medina impartió clase durante siete años en la antigua escuela de la plaza de Juncalillo, entre 1962 y 1969: “después se marcharon los niños, porque hace muchos años que no hay maestros en el pueblo”. FOTO: CRÓNICAS ARTEVIRGUA.

DE ALUMNA A MAESTRA EN JUNCALILLO

La maestra María Dolores Jorge Medina (Guía, 1935), conocida por Marisol, me abre las puertas de su hogar en la costa teldense. Atesora una hermosa colección de fotografías que retratan la niñez de Juncalillo en los años sesenta, y dan fe del enorme esfuerzo que junto a su marido Ceferino Betancort Cabrera, también profesor, emprendió para sacar adelante a toda una generación.

¿Usted se siente orgullosa?, pregunto a Marisol. “Sí, sí, de verdad. Me siento como ‘misión cumplida’”. Esta maestra ya retirada se crió en Juncalillo, donde estudió la enseñanza básica; pero lo maravilloso es que regresaría para ejercer como maestra entre 1961 y 1969.

En el casco “había dos escuelas, la de niños y la de niñas”, cuenta sobre su infancia, pero una “se cerró porque no había vivienda para los maestros”. ¿Y dónde estaban ubicadas? “Es lo que está hoy frente a la panadería, que es el local social”. Casi un siglo después de que Juncalillo conociera la enseñanza de “primeras letras”, este lugar de residencia seguía siendo imprescindible.

Tras estudiar Magisterio y aprobar las oposiciones, llegó a Juncalillo en 1961. “Entonces éramos doce maestros”, detalla Marisol acerca de los tres colegios del barrio. Explica que al de Barranco Hondo aún no llegaba la carretera; “así todo, se hicieron las escuelas; las nuevas. Cuando fui a Juncalillo, ya fui a la casa-escuela nueva”. Hoy se ha convertido en el hotel rural del pueblo, pero la familia Betancort Jorge guarda una laboriosa maqueta de la escuela original, realizada en madera por Ceferino.

Marisol consiguió su destino como maestra. “Yo me fui a la de niñas y Claudio estaba en la de niños”, explica sobre el profesor que dejaría la plaza libre. En el verano de 1962, Marisol y Ceferino se casaron. Como guinda, él fue nombrado profesor del aula masculina, y empezaron a trabajar codo con codo –pared con pared–. En vez de ocupar las dos casas anexas, el matrimonio facilitó un gran recurso a las familias de Juncalillo: el primer y único comedor escolar del pueblo.

“Una vivienda era la nuestra y la otra era el comedor”, explica con emoción Marisol. “Nos lo concedió el inspector; era una época económicamente difícil para todos, y venían muchos niños y niñas”. La cantina motivó al alumnado a venir a clase y supuso un aliciente para sus hogares.

Hay docentes que nos dejan huella. ¡Qué importantes son estas figuras inspiradoras en la infancia! Así lo fueron Marisol, Ceferino y también el sacerdote, muy amigo suyo. “Don Tomás era muy entusiasta de los alumnos y quería preparar a los niños. Él y Ceferino empatizaban y hacían muchas cosas, como salidas. En aquellos tiempos era importante sacar a los niños”. Sostengo en mis manos una foto del grupo de menores jugando en la playa de Las Canteras, tomada por el maestro, y otra bebiendo de sus cantimploras a la sombra del Roque Nublo. Hoy nos parecen lugares cercanos, pero estas excursiones ensancharon el universo de la infancia de Juncalillo.

 

 

La última escuela de Barranco Hondo

Aunque Juncalillo ya comenzaba a despoblarse, en los años sesenta se construyó una nueva escuela en Barranco Hondo de Abajo. “Hicieron estas aulas porque había muchos niños”, explica Juan Cubas, popular vecino de La Poza. “Esto fue en 1962. Reunimos 300 mil pesetas”.

La movilización social fue grande gracias a la iniciativa de particulares. El objetivo era que este pago tuviera la escuela que se merecía. “Yo colaboré, un cura que había arriba, de Juncalillo, y otro señor también”, manifiesta Cubas. “Anduvimos pidiendo a unos cinco pesetas; a otros diez, a otros quince… Y a otros, cinco mil pesetas”, explica, mientras recuerda cómo iba casa por casa solicitando la aportación. “Si pasaba cerca de las tierras de ellos, por arriba de La Vega”, se acercaba a convencer a sus vecinos de la importancia de tener un colegio propio, más allá de las aulas que estaban activas en el casco de Juncalillo.

Entre todos, reunieron suficiente dinero para conseguir los materiales y construir la escuela, con un contratista de La Aldea de San Nicolás. En su memoria quedan, imborrables, infinidad de detalles sobre este proceso, que supuso todo un triunfo para la localidad. Hoy se recuerda la inauguración en 1962 con una placa conmemorativa en la pared del edificio, frente a la ermita-cueva de Nuestra Señora de Fátima.

El relato de este inmueble prosigue ahora con el Centro de Interpretación de Barranco Hondo, que inaugurará el Instituto Insular para la Gestión Integrada del Patrimonio Mundial y la Reserva de la Biosfera de Gran Canaria.

 

ESCUELAS VIVAS

Llegamos a la parada final de este viaje arqueológico por la educación en Juncalillo. Lo hacemos en muy buena compañía, con el sonriente Airán Cubas Moreno, de 39 años, vecino de El Majadal. “Cuando nací yo (1987), solo quedaba el colegio de Barranco Hondo. Recuerdo que iban a cerrarlo, y justo se vino a vivir aquí arriba una vecina que tenía una niña dos años mayor que yo”, repasa sobre su infancia.

“Al enterarse de que el colegio se iba a cerrar, ella pidió hacerse cargo de mí para llevarme”, relata nuestro protagonista, “porque yo todavía no estaba en la edad de poder entrar”. Era verano de 1989 y el pequeño Airán debía esperar al curso siguiente para matricularse: “yo tenía que tener los tres años para poder entrar en parvulitos”. Si Airán se inscribía, como pensaba su vecina, podrían conservar en pie a la pequeña clase de niños y niñas de Juncalillo, resistiendo a la clausura del centro. “Para que no cerraran la unitaria, yo entré en septiembre, con dos años, y luego cumplía los tres en enero.
Éramos siete”.

Este grupo de dos niños y cinco niñas es el que sonríe, divertido, en la fotografía de arriba. Podemos reconocer a Airán por sus pantalones rojos y su estatura –un tanto– más bajita que la del resto. Desafortunadamente, el curso 1989-1990 fue el último para la vida de esta escuela.

“Cerró la unitaria de Barranco Hondo, y ya después nos derivaron al colegio de Caideros”. Una guagua escolar empezó a recoger al alumnado de este pago en la década de los noventa. “Ahí ya se separaban por edades y no estábamos todos juntos”, compara Airán. Aunque le permitió conocer a más niños y niñas de otras zonas, recuerda con cierta nostalgia su paso por la anterior escuela.

Nuestro viaje llega a su último puerto: el presente de las escuelas en los Altos de Gáldar. El CEIP Caideros, última referencia de la enseñanza en esta cumbre, forma parte de la fantástica red mencionada anteriormente. Los CER –Colectivos de Escuelas Rurales– nacen en 1995 para acercar entre sí a los equipos docentes y al alumnado de estos colegios –símbolo de una época menos metropolitana–, en un proyecto común de aprendizaje situado.

El núcleo de Caideros cuenta con 243 habitantes en el censo del Ayuntamiento de Gáldar (año 2024). Desde la periferia –o en el corazón de este paisaje–, un grupo de doce menores disfruta de su día a día en el colegio con total normalidad. El CER Gáldar-Guía-Agaete se presenta en la zona norte para coordinar a las escuelas frente a la administración, superar el aislamiento docente, y proponer actividades o salidas conjuntas, además de servir como sede cultural en cada núcleo. El emplazamiento y el censo de las unitarias no tienen por qué marcar negativamente la experiencia escolar; todo lo contrario. Y frente a la despoblación en avance, que observamos en nuestro viaje arqueológico de tres paradas por las escuelas de Juncalillo, me quedo con el lema del colectivo rural: “¡escuelas vivas!”.